Rakel Cernicharo es pura pasión y creatividad. A cada bocado descubres una parte del espíritu inquieto de esta cocinera hecha a sí misma, y que se encuentra en constante evolución, porque este torbellino de mujer no permite a su mente ni un momento de relajación. Los artistas son así, como ella, puro nervio, que vuelca su creatividad en pinturas, el canto y una cocina sin límites.

Producto en estado puro, con raíces ancladas en la cocina tradicional manchega pero que bebe de las fuentes creativas gastronómicamente hablando, de medio mundo.

Esta joven inquieta y luchadora lleva 10 años apostando por el mundo de los fogones, primero en “Paparazzi” y en la actualidad desde “Karak” que no significa otra cosa que Ka´Rakel… Porque para esta mujer que escucha música electrónica mientras cocina, el restaurante es su mundo, su casa y cada vez que cruzas la puerta estás accediendo a su alma.

La suya es una cocina donde reina el orden dentro de su propio caos, el que constituye esta mujer que encontró a los 22 años en la cocina el ancla a la que agarrarse a una vida, que hasta el momento no  ha estado exenta de dificultadas.

Ir a Karak es asistir a una fiesta donde cada plato te provoca nuevas sensaciones, donde uno es superior al siguiente, donde los ingredientes se entremezclan provocando la ilusión de que lo forman tan solo un par de elementos cuando el realidad participan más de 25 en esta fiesta. Una experiencia que va “in crecendo” y cuando crees que ya no puede ir a más, aún consigue seguir elevándose, y eso es sólo el principio por Rakel Cernicharo tiene un futuro prometedor ante su puerta. Después de probar su cocina, he de reconocerlo, me he doblegado ante su destreza, su cuidado al producto y sobre todo su capacidad de sorprender. Para mi, es un valor en alza y un restaurante donde todos los que disfrutan con el arte de comer, deben tener en su agenda.

Esta cocinera que es pura fuerza como el ciervo que lleva tatuado en el brazo o el que sirve de logotipo al restaurante, que no sólo refleja sus raíces manchegas y su pasión por la carne de caza, sino que además es como su alter ego, ese animal salvaje, bello y libre que no quiere ser atrapado.

Pero hablemos de comida, de la suya donde destaca el mortero de sopa de tomate rosa con cebolla encurtida, anís estrellado, mejillón, rábano, mostaza verde, flor de ajo y cebollino japonés, servido sobre un mortero de mármol negro.

Un plato nuevo en carta y, parece ser en constante evolución, es la ensalada de verano ( coca de tomate y romero con humus, sardina ahumada, melón, tomate italiano secado durante cinco días y huevo de codorniz). Este es uno de los platos más demandados, sin embargo a mí me pareció que el humus eclipsaba demasiado al resto de ingredientes.

El tiradito de bacalao y fruta de la pasión con flor de atún, es un imprescindible, aunque una advertencia pica un poco.

El ravioli de pez mantequilla con pesto, salicornia, huevas de jengibre, menta y veinte ingredientes más, emociona y sacude tu conciencia. Dos bocados que son pura pasión.

El black salmón osmotizado en soja, arroz glutinoso tailandés, verduras en tandori, mostaza de apio y miel de Losilla, caviar de calabaza confitada y espirulina. Es el reflejo de la cocina de Rakel en constante evolución, un plato que ha ido creciendo hasta convertirse en una propuesta certera y congruente.

La panceta a baja temperatura con verdura a la brasa, mayonesa de trufa blanca, limón, pentas, boca de dragón y olla podrida, es uno de los platos más redondos que he probado. Una propuesta sorprendente, donde comprendes la verdadera esencia de esta cocinera.

El lagarto ibérico con espuma de alubias y cebollitas en Martini blanco, es un plato de carne muy conseguido, correcto en su sabor y su ejecución.

El punto dulce lo pone un bizcocho líquido de avellana con helado de pistacho, crema de limón y un enrejado de albaricoque. Delicioso, un contrapunto perfecto entre ácido y dulce, que no empalaga y que ayuda a concluir una comida con el pisco sour de maracuyá con clara de huevo y angostura, que pone el punto y final a una velada que es una celebración infinita de aromas y sabores. Todo ello regado con vinos franceses y un espumoso de Chozas Carrascal, que en lugar de servir al final para servir de despedida, Cernicharo sirve al principio para dar la bienvenida.

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