El silencio está infravalorado. Esa sensación de poder oír tus pensamientos, de tener un espacio para ti, para abrir poco a poco los recodos de tu mente, ese privilegio de disfrutar de tu mutua compañía.

En una casa pequeña cómo la mía, con dos niños pequeños con demasiada frecuencia hecho de menos el privilegio de contar con un espacio mío, única y exclusivamente mío, donde pensar, leer y escribir.

Es por ello que con frecuencia me refugio en mi terraza, como lo estoy haciendo en este momento, que incluso llovizna y yo escribo arropada por el voladizo del piso de arriba. No os aburriré describiendo mi casa, pero goza de la paradoja de ser pequeña pero contar con una terraza indignamente grande.

Este es mi refugio, mi paraíso en casa, el problema es que en invierno no la puedo disfrutar como me gustaría, pero aún así es un lugar único donde mi creatividad se dispara y crece, es un lugar donde encuentro paz, donde permito sumergir mi nariz en libros y evadirme del tedio de la cotidianidad.

El silencio es algo necesario, imprescindible para recargar energía, para reconectar con nosotros mismos y con nuestros placeres, aunque consistan en tomar un vino mirando al infinito sin pensar en nada, aunque consista en la abstracción más absoluta.

No estamos en silencio todo lo necesario, y sobrestimamos el valor de un silencio en una conversación, cuando este muchas veces aporta más información que una diálogo cargador de palabrería.

No valoramos lo suficiente el placer de estar en silencio, de disfrutar de la calma y el placer de un buen momento de silencio.

Bueno, ya callo… Y os dejo disfrutar de vuestro silencio, vuestro preciado momento de estar con vosotros mismos.