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El Diorama

Porque la realidad no es plana, es necesario observarla con mirada crítica

mes

octubre 2020

La paseadora

Soy una ilusa, de verdad, pero de las grandes. De esas que se creen que el tiempo es infinito y que puede llegar a todo…Y todo porque a veces lo consigo y es entonces cuando me vengo arriba.

Pero eso propició por ejemplo que durante la carrera me convirtiera en una gran paseadora de apuntes, porque tenia el firme convencimiento de que podía arañar minutos a instantes y repasar la última lección, pero luego o el tiempo se me comía o simplemente me perdía entre las calles y las luces que me mostraban las ventanas del tranvía.

Y ahora soy una paseadora de portátil, que menos mal que los de ahora no pesan tanto como los primeros, pero la verdad entre mi móvil, el del trabajo, el bolso, el ordenador, la comida, la merienda de los niños (porque sí aún voy todos los días a por mis hijos al cole aunque después tenga que volver a trabajar), la bolsa del gimnasio y alguna que otra carpeta, hay días que bajo al garaje como si fuera a cambiarme de continente, pero oye, que no aprendo, que soy masoca y tengo el firme convencimiento de que bajo mi fachada de superwoman (porque en toda mujer hay una) hay una paseadora.

Hay gente que pasea a sus mascotas y yo mis trastos. Eso es un hecho, y dicen que el primer paso para cambiarlo es reconocerlo. El problema, y la realidad, es que esto no va a cambiar, porque sigo estirando el día y robando minutos a las horas, como hoy que he comido en el coche entre dos reuniones porque además tenia que llegar al cole a por los niños.

Que yo soy de esas que igual se gasta un pastizal en un estrella Michelín que se compra un sandwich y una Coca-cola en la zona de comidas preparadas del Mercadona, pero claro eso no lo saco en el instagram. No obstante, como de lo que se trata es de ser sinceros, he de reconocer que yo soy de esas. La primera de las opciones, es para disfrutar de la experiencia mágica que envuelve el ir a un restaurante, la segunda es por puro instinto de supervivencia: Hay que comer, y el que no come muere. Un principio irrefutable.

El tema es que a veces saco el ordenador en una cafetería entre una y otra reunión y el trabajo me cunde o incluso me surgen las ideas de una manera ágil, creativa y productiva, y claro, ya he vuelto a caer en la ilusión.

Pero romances y rollos a parte, es que sigo siendo una ilusa y continúo pensando que llego a todo, porque ¡Oye ! ¡Es que a veces lo consigo! Y eso hace que me lo crea.

Mientras tanto, seguiré siendo una paseadora.

¡Siguen aquí!

En estos momentos inciertos en los que los hosteleros españoles se han visto obligados a replantear sus esquemas, donde se han lanzado a la calle para pedirnos que nos replanteemos la sana costumbre de cenar a las que los europeos consideran altas horas de la noche.

Un momento extraño en el que debemos volver a la sana costumbre de practicar la “merienda-cena”. En esta época y en este día el de hoy, se ha presentado Mediterránea Gastrónoma.

Una feria que se ha levantado sobre ladrillos de esfuerzo y de ilusión y que tras una exitosa edición en noviembre de 2019 ya se podía saborear las mieles de una ferie en 2020 que la iba a convertir en un referente único, una cita ineludible dentro del panorama gastronómico nacional e internacional.

Y en realidad así, va a ser pero desde un punto de vista diferente, porque desde que el Covid llegó para trastrocarnos la existencia muchos son los restaurantes que no han vuelto a levantar la persiana y lamentablemente muchos la bajarán en los próximo meses.

Por eso desde Mediterránea Gastrónoma apuestan este año por apoyar a hosteleros y productores porque como se suele decir “toda piedra hace pared” y en estos momentos, todos los gestos importan.

Ser hostelero es complejo, es sacrificado e implica un gran compromiso por mucho que los realitys nos hayan hecho creer otra cosa, y ojo que no me opongo a ellos, porque aunque ya me cansan, también los he consumido, pero dedicarse al mundo de la gastronomía es mucho más.

Es soñar con combinaciones mágicas cual alquimista para hacer disfrutar al comensal a través de los aromas, los sabores y el placer que despierta un buen plato y envolverlo por la excelencia de una buena sala, pero aunque hay un componente mágico los ingredientes principales son técnica y pasión, que de eso tiene un buen puñado.

Podría estar horas hablando de esta profesión y sus bonanzas, pero lo que de verdad ahora importa, es apoyar y de eso Mediterránea Gastrónoma sabe mucho por lo que yo también estaré el 8 y 9 de noviembre para disfrutar de las 40 estrellas Michelin y el centenar de soles repsoles que participan en la feria en un grito unísono que asegura que ¡Siguen aquí!.

Yo también lloro en la ducha

Desde hace meses vivimos un momento extraño, raro, lleno de incertidumbre y miedo, sí digo miedo porque el temor a lo desconocido es inherente al ser humano.

Es un sentimiento que no desaparece, sólo se transforma y pasa de ser el monstruo que asoma por debajo de la cama, al temor a suspender, a perder el trabajo… Al mañana.

El Covid lo ha hecho de nuevo palpable y lo paladeamos sin remedio cada día al levantarnos y pese a este golpe de realidad, yo personalmente aún tengo la sensación de irrealidad. Una sensación de estar sumergida en uno de esos telefilmes de mediodía y espero que empiece la pausa de publicidad para ser conscientes de un “Reality bites” como rezaba la película del 94.

Con la edad que tengo actualmente, que ya supera cuatro décadas, aún experimento una sensación de vértigo que no desaparece, se olvida, se despista, pero vuelve.

Creo que nada nos prepara para la situación que estamos viviendo y sí, debemos permitirnos tener miedo y llorar si hace falta. Desahogarnos y sacar todo lo que nos atenaza la garganta y nos asfixia el corazón.

Llorar a pleno pulmón.

Sí porque llorar a pleno pulmón está infravalorado y os lo dice una persona que sólo lo ha hecho en contadas ocasiones.

La primera vez… No recuerdo el motivo pero sí sé que era adolescente y que estaba en el suelo de mi habitación. Seguramente no lo recuerdo porque todo el dolor se fue con las lágrimas… Y lo hice porque estaba sola y nadie podía oírme.

Otras veces… Reconozco que lo he hecho en la ducha, porque aún me autocensuro. No quiero que mi dolor traspase a otros, no quiero que lo perciban, quiero ser capaz de superarlo y seguir adelante. La última vez que lo hice fue durante el confinamiento, y sí, sentí miedo.

Actualmente soy positiva y trato de volver a una relativa normalidad. Con cabeza, pero normalidad al fin y al cabo, y me repito como un mantra: “Todo esto pasará, ya queda menos”.

Y me lo creo a medias, francamente, pero no puedo permitirme y no quiere permitirme dejarme vencer por el desánimo al menos por los que me rodean y me quieren, por los sanitarios, limpiadores, fuerzas de seguridad… Que siguen dejándose la piel para luchando por esta pandemia, pero sobretodo, no puedo dejarme vencer por mí misma, porque se convivir con mi miedo y acariciarle el lomo para que se quede dormido.

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