Hoy quiero pedir perdón por no haber sabido reconocer que seguimos siendo egoístas, estar en posesión de la verdad, que nuestra manera de ver el mundo es la que vale y que aquí se trata de estar conmigo o estar contra mí, que nos creemos juez y parte como diría Sabina y que no aceptamos la opinión del vecino porque un pensamiento discordante nos puede obligar a reflexionar… ¡Ah y eso no se puede en esta sociedad intolerante en las que nos toca vivir!

Porque hasta el más arrogante, te dice con la boca pequeña que no tiene color político y que va con el que demuestre su valía pero luego cierra los ojos y ejerce el voto sin plantearse que ese trozo de papel es mucho mas que echar la mañana o la tarde, que lleva implícitos odios y rencores, que traspasan la barrera de lo personal.

Y me perdonaréis si hoy despierto el sueño de los justos, pero es que esta verborrea constante de los políticos y sus seguidores, me cansa, me agota y ya no me la creo, y os lo digo yo que he trabajado en el mundo de la política, y también he escrito de ella, yo que superados los cuarenta nací con la Democracia, una sociedad joven donde la política era un juego entre caballeros que buscaban el bien común y no era un cruce de ataques, una Democracia que sepultó los odios, esos que de nuevo ahora protagonizan cada día los periódicos, y me cansa y me agota, y miro hacia Europa y me pregunto porque no aprendemos de nuestros vecinos… Pero es normal, porque aquí nos va más el ver la paja en el ojo ajeno que en el nuestro, porque desde que se decretó la pandemia todos nos creemos policías, y jueces, y sentenciamos sin saber las circunstancias de cada uno. Un momento en el que los emojis y las palabras enteras y certeras, se abrevian acortan y dañan la vista, donde la cultura es eso que practican unos pocos y donde se valora más la apariencia que la sapiencia.

Como sociedad hemos fracasado, la intolerancia campa a sus anchas en cada rincón y los razonamientos se han guardado en un arcón esperando a tiempo mejores. Me horroriza ver cómo se olvida el pasado o se fracciona y se disecciona hasta que acaba distorsionado o maquillado, hasta el punto de que los que lo vivimos o lo vivieron no lo recocemos, porque hay que recordar el pasado para no cometer los mismos errores, como decía George Santayana. Y me da pena esta sociedad para lo que todo es blanco o negro, y no entiende de matices.

Una sociedad que en pleno confinamiento se enorgullecía proclamando cada día a las 20:00 hrs en ventanas y balcones que ¡De esta salimos mejores! Ni tan de lejos… Seguimos denunciando, acusando e hiriendo desde el atril, en las rrss o desde el anonimato, con la memoria floja y con la venda en los ojos… pero aún así tengo fe en nosotros, en una sociedad tolerante, reflexiva e igualitaria.

Podéis llamarme ilusa.