Hoy he visto en la V-30 uno globos a la deriva, de esos que van agrupados y que hace quizá tan sólo hace unas horas formaban una arcada o una imaginativa figura. Una de esas creaciones efímeras que nos hace pensar que nada es eterno, ni permanece bello para siempre, ni prevalece imperturbable.

Un recuerdo imperceptible de los momentos que ya no lo son, que son una fracción de segundo en tus pensamientos, un parpadeo. Estos globos me han producido un pellizco imperceptible en el pensamiento, quizá mañana los olvide, pero estarán ahí y es posible que un día, caprichosos, vuelvan a mi memoria, como conversaciones intranscendente que nunca pretendí retener, pero que están ahí, o sensaciones que guardé sin ser consciente.

Esas llamadas a nuestro fuero interno, a nuestro yo más inconsciente y volátil, ese que tiene voluntad propia como si estuviera fuera de nosotros y llamara para asomarse a su libre albedrío con la intención de producirnos un pequeño pellizco, recordándole a nuestra nariz un aroma o a nuestra piel una sensación, provocando incluso que se nos erice la piel… Ay la piel, hay tantas cosas que nos transmite el tacto. Creo firmemente en el poder sanador de una caricia o un abrazo, os aseguro que incluso en los peores momentos, los abrazos de mi hijo, me reactivan.

Pellizcos también son esas casualidades caprichosas que provocamos pretendidamente aunque no lo queramos reconocer, como buscar en el móvil un teléfono y que te aparezca el número de alguien que ya no está, o que busques en el GPS las direcciones guardadas y de pronto te asalte un domicilio que es parte de tu pasado, de tu vida, de ti. A mí me pasa con frecuencia con mi abuela, su casa, que ya no está ni siquiera en la familia sigue registrada en el GPS de mi coche. Cada vez que me sale al paso es un pellizco que me recuerda lo mucho que la echo de menos, y ahí sigue imperturbable, porque me resisto a borrarlo.

Lo mismo me ocurre con Vicky y su risa cascabelera, la vi el día de antes de que se fuera. Ella que siempre era risas y bullicio, que llenaba una habitación en cuanto entraba, se fue silenciosamente, tanto que ni siquiera parecía ella. Y ahí sigue su número en mi agenda junto a otros que también están en silencio en un listado interminable de números y cifras, que a lo tonto, son todo mi mundo.

Me gusta mucho, el modo de pensar mexicano, su día de muertos. El hecho de que permanecen vivos siempre que los recordemos, y sobre todo que lo hagamos con una sonrisa en los labios, con añoranza pero sin dolor y sin tristeza, sino con el pensamiento de que fuimos afortunados de coincidir en esta vida. Estos gestos tontos casuales o no, aunque me decanto por la certeza de que son pretendidos, son pequeños reductos de resistencia. No queremos soltarlos, queremos creer que en cualquier momento se encenderá la pantalla de teléfono con un mensaje o una llamada, aunque si lo hiciera ¡Menudo susto! Es un anhelo, una sensación, un vinculo que no queremos romper.

Me he puesto transcendental, pero es que nuestros hechos, acciones y pensamientos, aunque pequeños, aparentemente sencillos y en algunos casos privados, siempre transcienden de una forma o de otra y bien mirado, es nuestra forma de dejar huella, el ser un pensamiento en la mente de otros, aunque sea por un segundo, por un instante, porque es la prueba más palpable de nuestro paso por este mundo.