Hay momentos en los que necesitas huir, aunque sólo sea un instante, aunque sea a la habitación de al lado, sumergirte en un libro o ver una película. También hay momentos en los que necesitas mirar al infinito, al paisaje, a la calle y vaciar tu cabeza de preocupaciones y no pensar en nada, dejarla vacía de aquellas cosas que te hacen daño, que te producen desasosiego.

Y ese pequeño gesto no malo, es necesario para reencontrarse con uno mismo, para reiniciarse y seguir adelante con el objetivo de que esa necesidad de huir tan sólo se produzca en un lapso corto de tiempo, que sea apenas perceptible, porque si no nos damos el placer de escucharnos se puede convertir en permanente.

Hace poco experimenté ese placer de volver a mirar al infinito, a las montañas y dejar la cabeza en un letargo placentero y aletargado, sin plazos de entrega, sin gritos de niños que se pelean por el mismo juego, sin hipotecas, sin dolor… Nunca me había hecho falta, o al menos no recuerdo anhelarlo tanto antes de esta pandemia.

Soy una persona muy positiva y siempre miro hacia el futuro, no me derrumbo con facilidad ni tampoco me angustio con facilidad, pero esta pandemia me ha dejado huella, lo reconozco. Me ha hecho más ñoña, me ha generado arrugas donde antes no había y en más de una ocasión la tristeza me ha ganado la batalla, que no la guerra porque siempre me levanto, pero alguna contienda se ha llevado esta dama negra.

Desde que han alzado la prohibición anhelo volver al pueblo, a Boniches (Cuenca), que es el pueblo de mi marido, pero que yo hace años ya lo adopté como mío y que no vemos desde octubre en que sus colores eran ocres, verdes apagados y marrones.

Deseo perderme entre su bosque verde lleno de vida, bañarme en el agua helada del río, saludar a los vecinos y volver a sentirme libre, mientras veo a mis hijos correr con la bicicleta calle abajo, porque ya lo decía Fernando Fernán Gómez, “Las bicicletas son para el verano”.