Ayer coincidí con un amigo de la infancia, al que le cambió la vida en un minuto, él mismo se refirió a su condición de este modo.

El destino tiene una forma caprichosa de jugar, de esconderse en recovecos y asaltarnos en el momento que menos lo esperamos. Precisamente este pasado fin de semana yo reflexionaba sobre este tema. El viernes me daban una noticia de esas que no te esperas, que te producen vértigo y hacen que el suelo se mueva bajo tus pies. La realidad una vez más se hace presente y te sacude.

Y es un hecho, que por más años que tengas, nunca estás preparado para las malas noticias, aquellas que te golpean sin piedad. Las afrontas con más estoicismo que cuando eras joven pero no por eso hacen que duelan menos y afloran sentimientos que aunque nunca pusiste en duda, cobran sentido con más fuerza.

Es inherente al ser humano sentir tristeza, frustración y rabia cuando el dolor llama a tu puerta, el dolor del corazón, porque el físico tarde o temprano se supera, y eso os lo garantizo yo, que estoy rota por mil sitios y de dolor físico sé un rato, pero las cicatrices del alma… Ay eso es otra cosa.

Pero si hay algo peor que eso, es la impotencia de saber que no puedes hacer nada frente a la adversidad, más que brindar tu apoyo, y poner buena cara aunque sólo tengas ganas de llorar, porque lo que no depende de ti, no puedes controlarlo.

De esto último se habla mucho desde hace un año y medio, pero siempre ha estado ahí, no. obstante era un tema que iba con otros… Que aunque presente, no estaba tan generalizado, pero lo cierto es que pese a la Covid-19, el mundo no ha parado y por ende el resto de enfermedades tampoco.

Una vez más, recurro a las letras para exorcizar mis demonios para volcar lo que no quiero que salga de mi boca, porque, una vez más lo que tengo que hacer es estar ahí como un pilar firme que ayude a sostener a otros. Una vez más me desespera la incertidumbre y la desazón envuelve mi humor, y una vez más callo y escribo.