Vivimos en un mundo lleno de etiquetas ya sea por nuestra ideologia, condición física, profesión, convicción politica, situación económica, identidad sexual… Si me pongo a escribirlas todas, tengo para rato. Y aunque odio poner etiquetas a las personas, lo cierto y pese a mi resistencia, éstas nos ayudan a entender el mundo. A mi también.

Hoy es el Día del Orgullo y toda la ciudad está empapelada de la bandera arcoiris, incluso en sitios donde no tienen sentido. Alguna he visto con un arcoiris diferente en algún balcón que no identifico del todo. Sí lo reconozco, pese a que tengo una edad en la que la identidad sexual se normaliza, se respeta y se acepta, al menos por la gran mayoría, lo cierto es que aún me cuesta entenderla. Y sé que esto puede no resultar todo lo políticamente correcto que cabria esperar pero es sincero, es mi verdad. Mi verdad es que tengo amigos y compañeros gays y lesbianas, que sé perfectamente lo que es la transexualidad, pero aún me cuesta entender en qué consiste ser de género no binario, pansexual, asexual, intersexual… y por supuesto no distingo sus banderas.

Me cuesta entenderlos, pero lo intento, no por encasillarlos sino porque creo firmemente que para que la sociedad avance, debes ponerte en los zapatos del otro. Igual es que me gusta plantearme las cosas y reflexionar sobre ellas, y aunque yo sólo veo personas y me da igual a quien amen, no puedo evitar preguntarme ciertas cosas… Sobre todo si son necesarias tantas etiquetas.

Tengo un amigo que siempre tuvo novias, e incluso a punto estuvo de casarse con una mujer. Sin embargo, no era feliz, algo faltaba en su vida, y entonces se reconoció a sí mismo, y desde que se aceptó se ha sentido completo e incluso ha encontrado una vida plena junto a su marido. Cuando esto pasó, le pregunté abiertamente. Quizá fui irreverente o atrevida, pero no era esa mi intención. Le quiero y le respeto y por eso quería entenderlo, ponerme en su lugar.

Siempre he pensado que el conocimiento no sólo nos hace más sabios y libres, sino más tolerantes. Por eso en días como hoy, viendo banderas de colores por todas partes me pregunto si realmente la gente que las contempla sabrá lo que implican. Si reflexionarán que aún hay países donde existen penas de muerte para las personas homosexuales, donde se ridiculiza cualquier condición sexual que no concuerde con la heterodoxa, donde hay padres que no sólo echan de casa a sus hijos, sino que los tratan como si estuvieran enfermos, que hay actos homófobos constantemente y a la vuelta de la esquina.

La sociedad se construye a través de pequeñas conquistas como el voto femenino, la igualdad salarial, la despenalización de la homosexualidad, el matrimonio homosexual… y tantas cosas, que aún hay que cambiar y normalizar como sociedad.

Las actitudes intolerantes siempre van a estar ahí, en función de una época u otra van mutando y centrando su ira en un colectivo u otro, pero tenemos que trabajar en la comprensión, en el entendimiento, en la educación y en la tolerancia para que esas voces en lugar de ensordecernos, se conviertan en sólo un murmullo y cuando veamos a una pareja nos repitamos “YO SÓLO VEO AMOR”.