No me gustan las personas tóxicas, y no me refiero a las envidiosas, ni a las mal intencionadas, porque esas las ves venir y sabes como manejarlas, me refiero a las manipuladoras, a las que te han utilizado, te han menospreciado y que son puro ego y egoísmo.

Tóxica, que calificativo tan acertado. Cuando eran pequeña no se las denominaba así, al menos yo no lo recuerdo, aunque tampoco era consciente de que en mi entorno existían personas así, supongo que poco a poco se van formando, aunque yo estoy convencida que nuestro carácter ya viene con nosotros desde que nacemos, y el tiempo lo único que hace es que lo pone de relevancia, lo intensifica.

Si expusiera este tema a debate, estoy convencida de que muchas personas señalaría que el dejarse llevar por personas tóxicas, pasa sin darte cuenta, y en parte es verdad, aunque yo he sido en muchas ocasiones plenamente consciente de que estaba sucediendo, y a pesar de todo, mi carácter me ha impedido confrontarlo, no porque no me atreviera, que agallas nunca me han faltado, sino porque directamente he pasado de hacerlo.

Podría desprenderse de mis palabras que me ha ocurrido algún suceso que las motive, pero no es así, hace tiempo que quería escribir de esto desde la serenidad, y plasmar por escrito que ya no tengo tiempo en mi vida para las personas tóxicas, ya no.

Mi vida es un planning constante, y mis prioridades han ido cambiando a lo largo de los años, pero lo que me libera del yugo de la complacencia no es el constante correr de mis días y mis horas, es la visión que te otorga la madurez, el echar la vista atrás y comprobar no sin cierta tristeza, que hubo personas que estuvieron a mi lado sólo mientras pudieron sacar rédito.

Esto se produce con pequeños gestos, solicitud de constantes favores pequeños, gota a gota hasta que causan una inundación y ya no hay dique que las detenga, porque yo soy una persona que perdona mucho, mucho… Demasiado, pero una vez, decido no hacerlo, ya no hay vuelta atrás, algo se rompe dentro de mí y ni el más avispado de los ingenieros, puede repararlo.

Antes cuando era más joven no era así, confiaba y confiaba y esperaba… Porque mis amigos eran importantes, pero es que ya lo he dicho, no tengo tiempo. Ahora las personas ya no me causan ni decepciones, he aprendido a vivir con ello. Descubrí no todo el mundo es empático y que no les vale la pena el esfuerzo de seguir trabajando por mantener los lazos si no sacan algo a cambio. Aprendí que las amistades reales son aquellas por las que no pasa el tiempo, que son rocas de un acantilado que resisten los embistes del mar y se mantienen sólidas, que te sostienen y que aunque pasen los meses, los años y no te veas, siempre están ahí.

Las personas tóxicas no son sólo las egoístas, también son las que te hacen sentir pequeña, ya sea a nivel personal o laboral, y lo hacen como un mosquito, chupándote la energía, haciéndote dudar de ti misma, de tus capacidades, de quien eres. Brillan a tu costa, y a veces ni eso, lo hacen por pura rutina y disfrute.

Yo lo permití una vez, no volverá a pasar.

Recientemente, vi en Instagram un reels en inglés de una mujer que le decía a su hija: «Las mujeres fuertes, puede que un día necesiten un café, puede que necesiten llorar, pueden que necesiten echarse a dormir, pero se levantan y luchan más fuerte». Así es como yo me dirijo, puede que hoy me caiga, pero me levantaré más fuerte y cuidado conmigo, porque no soy de las que se amedranta.

Os invito a reflexionar, a llorar si hace falta, a desahogaros en un papel o con alguien… Para levantaros más fuertes cada día, para valoraros y quereros porque en nosotros mismos es donde radia la esencia de nuestro bienestar y sin él, estamos perdidos, porque como dice Pablo Neruda:

<<De la vida no quiero mucho.

Quiero apenas saber que

intenté todo lo que quise,

tuve todo lo que pude,

amé lo que valía la pena

y perdí apenas lo que

nunca fue mío>>

Bonus track: Os dejo esta canción de Rozalén que dice tanto y que viene tan bien a esta entrada del blog:

«… Y si me levanto y miro al cielo, doy las gracias y mi tiempo lo dedico a quien yo quiero…»