El padre de Sabrina le dice hacia el final de la película:  “Cuando el señor Larrabee compraba yo compraba. Esa es una de las ventajas del chofer que lo oímos todo”. Lo mismo le ocurría a Morgan Freeman en “Paseando a Miss Daisy” y nos sucede a diario a cientos de madres que ya dejamos hace tiempo de ser amas de casa, y corremos todos los días, sin freno de un lugar a otro.

Prácticamente el primer contacto que tengo con mis hijos al salir del colegio es en el coche. Ellos detrás y yo delante y con la simple pregunta de “¿Qué tal el día?”, empieza todo.

Puede que no están comunicativos y todo se limite a un  ”si” o un “no”, pero si el día está fructífero puedes estar segura de que será de o porque ha ido muy bien o muy mal, no hay término medio y aquí no cuenta si tu día ha sido un asco o estás cansada. Tú papel es el de una cheerleader en unos casos y de una psicóloga en otros, pero sobretodo con la impotencia de qué en los momentos malos, conduces y no les puedes dar un abrazo; porque no te equivoques ese momento que acabas de compartir, la sinceridad que te han brindado, no volverá. Es efímero como un susurro.

Este situación que te deja desvalida en muchos casos y te produce una sensación de desasosiego por no poder cobijarlos en tu abrazo, también te sirve por el contrario para recomponerte, tomar aire y aconsejarles sin dramatizar y desde la ventaja que te da la vida y los años que les llevas por delante.

En estos primeros días de colegio se ciernen muchos miedos y mucha incertidumbre, que se entremezclan con la ilusión del reencuentro con los amigos y el olor a libro nuevo, y a ellos todo esto se les hace un mundo y mientras les escuchas desde la posición de chofer en la que a veces te coloca la vida, respiras y les haces ver que detrás de cada momento de oscuridad se encuentra un arco iris y te quedas para ti las luces y las sombras que se instalan en tu estómago y necesitas aplomo para decir como cantaba “Annie”: El sol brillará mañana, porque aunque con frecuencia nos fustiguemos con los roles que nos impone la sociedad, con el sentimiento de culpa con el que a veces nos revestimos y con la sensación de que no llegamos… No es cierto. A veces nos equivocamos, pero siempre estamos.

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