Soy de esas personas que no conciben no escribir, que juntar letras ya sea mentalmente o sobre una hoja de papel es de esos pequeños placeres que forman parte de mí. A veces en un andén solitario empiezo a juntar letras y mi mente compone una historia. Antes pensaba que podría recordarlas para ponerlas sobre el papel, ahora ya sé que si no las apunto desaparecen con la misma fugacidad con la que llegaron. 

Últimamente me he vuelto un poco egoísta y las atrapo en una pequeña libreta que me ha acostumbrado a llevar o en la aplicación de notas del móvil, porque sé que si no las retengo en mi particular atrapamoscas, después de mostrarme sus bonitos colores, echarán a volar.

Se me ocurren frases y descripciones de esas elaboradas que sólo lees en los libros, pero muchas de esas veces se quedan en la punta de mi lengua, custodiadas por mis labios y las saboreo y las paladeo, porque son mías y no siempre tengo ganas de soltarlas. A veces, las dejo volar, pero sólo cuando creo que debo dejarlas libres o me aburren o me divierten, pero sobre todo porque tengo el convencimiento de que llegó el momento de hacerlo.

No siempre me siento con ganas de volcar esas letras sobre la hoja en blanco, en ello juega un gran papel mi estado de ánimo, mis esperanzas y mi paz. A veces me pierdo, mirando las luces del árbol de Navidad como en estas fechas y mientras se encienden y se apagan, se apagan y se encienden, mi costumbre de juntar letras vuelve a cobrar vida. Vida, porque la tiene. No depende de mi. Las letras aparecen y desaparecen caprichosas, igual que los recuerdos.

Otras veces, conduciendo me invento relatos para que mis hijos no se duerman, porque ya no tienen edad para cargarlos o por el simple placer de ver como entre todos nos inventamos un mundo que es sólo nuestro.

También me cuento historias mirando el cielo, a uno niños jugando o cuando intento dormir y el sueño se me resiste… Como las palabras. Que me persiguen, pero porque les gusta jugar al escondite.

Cuando era niña, era más hábil en esas artes, pero con la edad y con la habilidad de poner excusas para no retomar los sueños pendientes,  he ido perdiendo destreza para domarlas y crear aquellos relatos e historias que tanta satisfacciones me producían. Me acomodé en la objetividad del periodismo y dejé los mundos inventados para mis sueños y para los momentos en los que la mente estaba despistada, pero creo que ha llegado el momento de que de nuevo, vuelva  dejarme llevar por el vértigo del papel en blanco, de la emoción de crear personajes y sobre todo, me comprometa conmigo mismo, que es al final a la persona que de verdad debo rendir cuentas.

Mi propósito de año nuevo es escribir cada día, volver a reconocerme y volver a disfrutar de mi mundo interno y del placer de volcarlo en la virginidad de una folio aunque sólo sea por saber que estoy haciendo lo que siempre quise hacer: Escribir.

Feliz año nuevo y que tus propósitos se cumplan.

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