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El Diorama

Porque la realidad no es plana, es necesario observarla con mirada crítica

Autor

esthercervero

Nos vemos en los bares

A estas horas todos los hosteleros de la Comunidad Valenciana han cerrado las persianas de sus negocios, y muchos de ellos ya no la volverán a levantar. Ayer por la mañana conversaba con algunos amigos que han dedicado años a levantar sus restaurantes con esfuerzo, lucha y mucha ilusión, y desgranábamos esta realidad antipática que nos atenaza, que nos ahoga y que nos está dejando sin respiración literal y metafóricamente.

Y reflexionábamos sobre estas cosas, sin saber que en tan sólo unas horas el varapalo iba a ser mayor, descorazonador, y les iba a partir en dos. A las 14:30 hrs llegaba el anuncio del cierre definitivo de la hostelería, que ya estaba herida de muerte, y que ahora agoniza con cifras tan escalofriantes como más de 20.000 empleos directos destruidos y un cierre de locales que se sitúa en un 30%. Estas cifras con esta nueva estocada, tened por seguro que irán en aumento.

No soy hostelera pero por mi trabajo desde hace años estoy muy ligada a este sector, muchos de ellos me han dejado entrar en sus cocinas y en su vida, he disfrutado ayudando a muchos de ellos, me he alegrado de sus éxitos y me he emocionado probando sus nuevas creaciones. Detrás de cada cafetería, cada bar, cada restaurante hay una historia de lucha para la que muchos no están preparados, pero los que lo están hacen magia. Ya lo dice la canción bares que lugares… Y es que las mejores conversaciones se mantienen alrededor de una mesa, ya sea compartiendo una cerveza o una taza de café o disfrutando de una copiosa comida.

Ellos son esas personas que lo hacen posible, como tramoyistas, iluminadores y directores, o lo que es lo mismo, cocineros, jefes de sala, camareros… Todos hasta el friegue son parte de este engranaje que constituye la hostelería, esa que hace que hacen más ameno el escenario de la vida, pero hoy el foco ya se ha apagado y la incertidubre se ha cernido sobre ellos, se supone que durante 14 días, crucemos los días para que no sean más.

Y sí muchos de ellos se han adaptado y reinventado, y a punto estaban ya de hacer el pino puente. Han aplicado protocolos estrictos, han cumplido con la normativa a pies juntillas y han creado entornos infinitamente más seguros que los abarrotados centros comerciales, los autobuses, las estaciones de metro… Y todo ello con las neveras llenas, porque no les ha dado tiempo a vaciarlas.

Podría estar horas hablando del tema, de lo que me parece bien y lo que me parece mal, pero lo cierto es que hoy siento un gran dolor por ellos, porque sé lo que luchan, lo que sueñan… Y hoy todo eso es sólo polvo e incertidumbre.

Pero no nos equivoquemos, los principales culpables son las personas que a diario incumplen las normas, las que no respetan el aforo, las que se van sin mascarilla, las que se dicen esto conmigo no va… Pero para lograr un resultado favorable colectivo debemos empezar por esforzarnos individualmente.

La sociedad está en la cuerda floja, y es tarea de todos, que llegue al otro lado. Ayer cuando decía el president Ximo Puig el numero de multas diarias (500) que seguro que serán más, confieso que me cabreé, me pudo la impotencia al comprobar el egoismo, la inconscencia de esta sociedad que pensaba que tras el confinamiento iba a ser mejor, pero hoy ya estoy más serena, y llamadme crédula, pero quiero, intento confiar en que al final lo conseguiremos y podremos volver a decir aquello de “Nos vemos en los bares”.

Tornarem!!

No es lo mismo que no te guste una cosa a que te disguste, la primera implica respeto aunque no se comparta la deferencia con ella, la segunda lleva aparejada de manera intrínseca una confrontación directa. Esta semana se ha puesto de relevancia la segunda actitud tras el anuncio de que este año, en Valencia, tampoco tendremos Fallas.

Este hecho no ha sorprendido, viendo las cifras de contagios, era como el libro de García Marquez, “Crónica de una muerte anunciada” y lo cierto es que más allá de la fiesta, el jolgorio y la tradición, lo cierto es que este hecho da de lleno en la linea de flotación de una economía que tenia a numerosos sectores que bebían de esta fiesta.

Por ello, no entiendo que en algunos foros y sobre todo en las redes sociales donde muchas personas vomitan sus frustraciones, se regocijen en la suspensión. Primero porque la anulación implica que estamos viviendo un momento crítico como sociedad y segundo porque como digo, ya no sólo afecta a los lazos emocionales de cientos de valencianos, afecta a sus bolsillos.

Esta semana hablaba en mi programa de radio con Ernesto de Sostoa, uno de los indumentaristas destacados de nuestra ciudad, que ha echado el cierre de su negocio, esperemos que de momento, pero el sólo es un ejemplo de un gremio que agoniza, como el de los orfebres que crean aderezos y peinetas, el de los bordadores que crean las manteletas, los pirotécnicos, los artistas falleros, los floristas, bandas de música… estos de forma directa, porque indirectamente se ve perjudicada la hostelería (una vez más), la hotelería y un largo etcetera.

Desde que yo tengo memoria, han habido tres tipos de actitudes respecto a las fallas, una las de los que las aman, otros los de la que sin bien no forman parte de ellas, ni formarán, las respetan y por último, los que las odian y ven como una cruzada personal el acabar con ellas.

Yo, perdonenme ustedes, soy de los primeros. Soy fallera prácticamente desde que nací, y aunque es cierto que ha habido épocas en mi vida en que he estado más desvinculada de mi falla, lo cierto es que jamás me he borrado, y ahora tampoco lo haré. Mis hijos son falleros desde que nacieron, y eso que mi hija mayor aunque adora la falla, no se pone una peineta ni aunque le vaya la vida en ello. Mi marido era del segundo grupo de los que ni les va ni les viene, digo era, porque ahora también es fallero.

He experimentado el mundo de las fallas desde todos los ángulos, como fallera rasa, como Fallera Mayor, como directiva de mi falla, directiva en la agrupación de fallas, como periodista de diversos medios cubriendo información fallera y como trabajadora de una agencia montando eventos. Todo ello, me ha hecho tener una perspectiva amplia y comprender no sólo los esfuerzos que supone cada ejercicio fallero llevar adelante una comisión, los lazos que se generan en ella, los recuerdos imborrables que se establecen y también lo que implica, para lo bueno y lo malo, para un barrio, sino además de que la ciudad vive económicamente de ellas en muchos sentidos, alguno que no son ni apreciables por la gran mayoría, como pólizas de seguros, campañas publicitarias, artículos de regalo… Podría dedicar un post entero sólo a enumerar todos los sectores que viven de las Fallas en mayor o menor medida.

Las Fallas en Valencia son mucho más que la fiesta que transcurre de 14 al 19 de marzo. Son todo el año, implican el esfuerzo de todo el ejercicio fallero, son la ilusión y el sustento de cientos de familias durante todo el año y constituyen en sí misma una micro sociedad como tantas que existen en tantas ciudades del planeta.

A lo largo de los años, y cuando apenas nos adentrabamos en la pandemia el pasado 11 de marzo, ya surgían voces, algunas de ellas incluso reconocibles que hablaban que era el momento o bien de reformar la fiesta o bien de acabar con ella porque no tenía cabida en el siglo XXI. En cierto modo, puedo estar de acuerdo con los primeros, porque es verdad que si la sociedad avanza también tienen que hacerlo las diferentes parcelas de esta, pero con los segundos no.

¿Qué fundamenta que una fiesta así desaparezca? ¿Odio, intransigencia, incomprensión? Lo repito, no sólo es una fiesta es un dinamizador económico que se ha ido gestando a lo largo de numerosas décadas.

Y eso sin hablar del componente emocional. Creo que es complicado que si no eres fallero entiendas lo que implica, pero lo voy a intentar. Incluso en los periodos en los que he estado más alejada de la falla, he ido a la ofrenda a la Virgen de los desamparados, y no lo he hecho obligada, he ido por la emoción que provoca en todos nosotros recorrer la calle de la Paz para llegar a la plaza de la Virgen y ver su enorme manto hecho de flores. Llevar a mis hijos siendo bebes fue un momento de una carga emotiva tan brutal que se me eriza la piel cuando lo recuerdo. Sólo tres veces he faltado, durante los dos embarazos porque el traje no me cabía y porque me rompí el brazo. Tal es el sentimiento que este acto implica.

Ver crecer el monumento, a medida que lo van montando, descubrir su ironía, los nervios de saber si ha ganado… Ahora cientos de ellos reposan llenos de polvo, en casales y naves esperando cumplir la misión para la que fueron creados, pero este año tampoco será. En lugar de ser quemados rodeados de cientos de falleros que ven y perciben el poder purificador de las llamas en este rito eterno, a buen seguro que perecerán en soledad.

Perdonadme si no entiendo que os regocijéis en la suspensión, que os alegréis de la desgracia ajena porque no creo que existan motivos para hacerlo.

No obstante esta no es la primera vez que no ha habido fallas, y eso me reconforta. En realidad en 1886 no hubieron a causa de una protesta de los falleros frente al nuevo canon que exigía el Gobierno por plantar las fallas; en 1896 a causa de la Guerra de Cuba; y en los años 1937, 1938 y 1939, por la Guerra Civil. El fuego se puede aplacar pero la llama sigue viva, por eso me uno al grito fallero que se ha puesto de moda: Tornarem!!

Y sin duda alguna, lo haremos con más fuerza.

Querido 2020:

Quisiera decirte que no te echaré de menos, que te borrarré de mi memoria para siempre y que en mi mente serás un vago recuerdo… Pero aunque en realidad quisiera decirte esto, no es cierto , al menos no del todo.

Me has quitado muchas cosas, muchas… a algunas personas incluso más que a mi, me has obligado a frenar, a mirar a mi alrededor y dentro de mi misma; me has vuelto irritable, llorona e irascible en muchos momentos, pero también me has obligado a echar de menos, a decir más te quiero y sobre todo a establecer prioridades. No me has cambiado a mí, eso no, me ha costado 43 años llegar hasta aquí, soy quien soy y lo tengo claro hace mucho tiempo, pero sin duda me has puesto a prueba y aún lo haces, porque quieres seguir dando coletazos a los días que te quedan.

Me has hecho retomar este blog que tenía olvidado, y desbrozar rutas que tenía llenas de maleza y troncos secos o lo que es lo mismo: abrir caminos, mirar de frente al miedo y sobre todo, volver a vivir el momento como cuando era niña, donde lo que de verdad importaba era el presente.

Y sí, no por eso te perdono que me hayas quitado cosas que daba por hecho, que me hayas privado a mi y a los míos de momentos, de recuerdos… Aunque al mismo tiempo, pienso que ya estamos construyendo otros. No te perdono el sentir que soy juzgada, el ahogo de no ser libre, aunque por eso valoro por primera vez la importancia y el privilegio del libre albedrío.

Llegaste tranquilo, sin aspavientos como otros años, pero tú querías destacar y ¡Vaya si lo has hecho! A principio de año nos distes algunas pistas, terremotos, incendios en Australia… Nos lo estabas anunciando, pero como pasaba lejos nosotros no te hicimos caso. Esto es lo del cuento de “Pedro y el Lobo” de Prokófiev.

No todo en 2020 ha sido malo, hicimos un viaje en familia a Granada (antes de que esto sucediera) que aún guardamos en nuestra retina y que es como una promesa de que todo volverá a ser como antes y podremos volver, mi marido inició un proyecto ilusionante, recibí un premio a mi trayectoria periodística, volvieron viejos amigos a mi vida, mis hijos se enfrentaron a nuevos retos, fui tía y empecé a llevar una vida sana.

Todo el mundo dice que nos has ayudado a conocernos, yo no creo que sea verdad, yo hace tiempo que me conozco, lo que ocurre es que con demasiada frecuencia no dedicaba el tiempo suficiente a escucharme. Me silenciaba el ruido de las prisas, de la rutina, del estrés…Y a partir de ahora, voy a trabajar para que eso no vuelva a suceder. Esa es mi principal tarea de cara al año que está a punto de empezar.

Lo he dicho al principio, este año me has puesto a prueba en muchas ocasiones, y soy consciente que en más de una, he sido irritante e irascible, que han pagado justos por pecadores y que se han llevado una razón de genio que no siempre les tocaba.

No soy de las que piensan que la gente es malvada o malintencionada. No al menos de entrada; siempre concedo el beneficio de la duda y no creo, a priori que las cosas se hagan con un intención oculta y aunque, en un momento dado, por mi boca salgan sapos y culebras, lo cierto es que luego siempre me arrepiento… Bueno casi siempre, que gente con oscuras intenciones siempre ha existido y existirá. Lo que quiero decir, es que lo siento.

Dicen que los días previos al año nuevo hay que hacer balance y este en cierto modo, es el mío. ¿Qué espero del nuevo año? Seria fácil decir que quiero que todo vuelva a la normalidad, pero quiero mucho más. Aún sueño con el viaje que íbamos a hacer en familia y que se ha quedado sólo en un sueño, quiero volver al pueblo cuando quiera sin tener que estar pendiente de las restricciones, quiero dejar de oír las palabras, ERTE, COVID, confinamiento, gel hidroalcoholico, mascarilla (si no es la de la cosmética) muerte y miedo

Quiero reír a pleno pulmón sin que mi risa la ahogue una mascarilla, quiero dar besos y abrazos a mi familia, quiero dejar de ver el miedo reflejado en los ojos y el timbre de la voz al otro lado del teléfono y quiero sobre todo, ser feliz plenamente sin preocuparme cuánto me durará.

Quiero recuperar mi vida, porque quiero que sepas 2020, que te tengo respeto, pero que ni tú ni el covid me han quitado las ganas de vivir, de brindar y de bailar.

No me resigno

Soy una loca de las Navidades, es mi época del año favorita. Lo eran cuando tenía 5 años y lo siguen siendo ahora que tengo 43, en parte es porque mis padres la viven igual. Con la llegada del puente de diciembre sacan numerosas cajas del trastero y la Navidad lo inunda todo, cada rincón de la casa.

Durante los años que viví fuera con compañeras/os de casa, yo llevaba la Navidad a nuestro piso de alquiler porque ¿Ya he dicho que me encanta? Virginia aún me recuerda cuando en lugar de poner un abeto de plástico pusimos uno de verdad y el día que hubo que quitarlo fui dejando un rastro de pinocha tras de mi, por la escalera, el ascensor, el patio… ¡Qué desastre!

Al tener mi casa, el espíritu navideño fue in crecendo y así ha sido desde entonces, todos los años caen adornos nuevos y este año no ha sido menos, pese al confinamiento obligado en el que nos encontramos, internet ofrece grandes tentaciones y ya me anuncia el mail que mis caprichos en forma de tres cojines de sofá llegan el miercoles.

La navidad es mágica, lo es porque nos volvemos a sentir niños, porque la felicidad lo inunda todo, porque las luces de colores hacen que se te ilumine el corazón y los villancicos (reconozco que soy más de los americanos) hacen que se te dibuje una sonrisa.

Me encanta esta época también porque nos juntamos con toda la familia y reímos y nos abrazamos y nos recordamos que pese al estress de la vida, estamos ahí. Hasta el punto de que a excepción de nochevieja, en Navidad nunca salía por la noche prefería estar con mi abuela contándome viejas anécdotas, cantando y compartiendo recuerdos de esos que nunca se olvidan.

En noviembre cuando el tema de las restricciones no estaba claro, sentía que en estos tiempos inciertos necesitaba la Navidad, para recargar energías y seguir adelante, aunque fueran de una manera extraña, distante y diferente. De verdad, creía que si no podía tener un atisbo de normalidad, no podría seguir adelante.

Pero cuando crees que ya está todo claro, viene la realidad y te golpea en toda la cara. Ahora, que llevamos casi un mes confinados por Covid, que incluso uno de nosotros ha estado hospitalizado, que hemos visto lo irracional de este virus (no es que antes no lo viéramos, pero siempre erramos en la envergadura de las cosas) y que ya estamos a las puertas del alta, ahora el pasar la Navidad en familia ya no me parece tan importante. Que la echo de menos desde luego, y que quiero y necesito que en un futuro lejano vuelva a ser lo que fue desde luego.

Pronto seré tía, esperamos al nuevo miembro de la familia para una fecha tan señalada como el 25 de diciembre, y es probable que tardemos en conocerlo. Estas son las cosas que ha traído la Pandemia, y aunque nos resulten agotadoras, demoledoras y en algunos casos irremediablemente irritantes, lo mejor que podemos hacer es asumirlo.

Si miro hacia atrás, lo cierto es que mi Navidad ha evolucionado con los años y ha cambiado de una manera apenas imperceptible, por eso este año es importantísimo que más que nunca esté presente ese espíritu tan manido y unido a la Navidad: La generosidad. No debemos de ser egoístas, sino responsables y creativos, plantear planes alternativos como un maratón de películas navideñas en torno a una taza de chocolate con nubes, disfrazarnos en nochevieja, hacer manualidades, leer, escribir… Y sí, pasear y emocionarnos con las luces.

Creo que estas navidades lo más importante para todos es cuidarnos y cuidar a los demás. Este año, yo ya he escrito mi carta a los Reyes Magos. Hace años que no la escribo: Sólo pido dos cosas, que las navidades tal y como las conocemos vuelvan en un futuro cercano, y que no nos falte nadie.

No me resigno a pensar que esto es un para siempre, es sólo un paréntesis que nos hará afrontar las próximas navidades aún con más ganas, por eso, os mando un cálido abrazo en forma de canción: https://youtu.be/QJ5DOWPGxwg

Feliz Navidad

Somos frágiles

Somos frágiles, pero eso no es malo. Es inherente al ser humano. Aunque mostremos una coraza impenetrable no somos replicantes. En nuestro fuero interno sufrimos, padecemos, nos alegramos, reimos y nos emocionamos.

También somos complejos porque sólo hay una parte de nosotros que se muestra, una parte pública, presente y exhibicionista que trata de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, aunque nuestras emociones nos traicionen en más de una ocasión.

Pero existe otra, la privada, aquella que guardamos con mil cerrojos y donde guardamos nuestros miedos y anhelos más profundos, nuestras vergüenzas y aquellas manías que refrenamos, porque somos conscientes de que mostrarlas abiertamente nos haría mostrarnos como bichos raros frente al resto. Aquí va una manía que no había confesado nunca… Cuando estoy estresada o impaciente, cuento mentalmente cosas, rallas en una fachada, baldosas en el suelo, libros en el estante. Es un absurdo, pero me relaja.

Y en esa zona de nuestro yo también esta esa parte que nosotros mismos desconocemos y que de pronto brota, sorprendiéndonos a nosotros mismos. Nunca dejamos de crecer, aprender y superarnos, y si no lo hacemos es que ya estamos perdidos y difícilmente reconduciremos nuestros pasos.

Con frecuencia, quienes me rodean, dicen de mí que soy una persona fuerte, y confieso que no siempre me siento así, pero que saco fuerzas de donde no las hay y sigo para adelante.

He pasado unos días raros recientemente, aún estoy sumida en estas situaciones en las que la Pandemia nos coloca y para las que nadie está preparado. En estos tiempos inciertos, una persona me dijo no debía guardarme para mí, los temores y las tristezas en mi afán de proteger a mis hijos de la vida, porque precisamente verme así es lo que les haría personas fuertes y capaces de hacer frente a lo que es el devenir de los días, esos en los que por mucho que lo intentes, no puedes domar el viento.

He pensado mucho en eso, y es cierto, que cuando me he mostrado tal cual, sin dobleces ellos han visto mi alma, y ya no he tenido sólo el consuelo de su abrazo silencioso, sino su mano tendida para ayudarme a seguir andando el camino.

Con demasiada frecuencia ocultamos nuestras emociones y construimos una coraza para que ni entre ni salga un resquicio de nuestros temores, de nuestro sufrimiento… Pero eso lo que hace es que explotemos por dentro y que la lava de nuestra alma nos consuma lenta y pesadamente.

Soy de esas personas, que con frecuencia parecen externalizarlo todo, que se me ve un cabreo reflejado en la cara, o la alegría más exultante, pero no es cierto, esa es sólo un parte de mi yo público, de aquel que muestro cuando ya no soy capaz de contenerlo, pero no os equivoquéis, hay mucho, mucho más.

Vuelvo a decirlo, el ser humano es frágil física y emocionalmente, y si lo sobrecargamos, acaba rompiéndose, por eso lo importante es que seamos conscientes de lo que importa, de las prioridades y sobre todo, de que no podemos hacerlo solos.

Permítete estar triste

Cuando crees que el vaso está a punto de desbordarse, aún caben unas gotas más, y casi sin darte cuenta, tomas aire, despejas la mente y tomas un sorbo grande para seguir llenándolo.

En estos momentos complejos de confinamientos, teletrabajo, temores, incertidumbres y mascarillas de colores parece que cada día empieza con un sentimiento de ahogo que no desaparece.

Desde hace meses el desánimo planea sobre nuestras cabezas, y mientras lo hace tratamos de levantar el mentón para coger pequeñas bocanadas de aire y seguir, pero es tan complicado…

Nos afanamos en luchar contra viento y marea por vivir en normalidad, pero cuesta. Y somos conscientes de que entre todos podemos lograrlo, pero cuesta.

Y queremos estar al 100% en nuestro trabajo pero cuando hay bajas cuesta, y queremos estar al 100% en nuestra casa, con nuestros hijos, con nuestra familia… Pero son tantos los frentes abiertos, que cuesta.

Y no queremos estar tristes ni agobiados, pero cuesta, y cada día tenemos que coger impulso y recordarlo, pero cuesta.

Hace tanto tiempo que esta situación es la habitual (me niego a llamarlo nueva normalidad, porque de normal no tiene nada) que ya la tenemos interiorizada y queremos mostrar una fachada de fortaleza que está llena de grietas tapadas por tiritas.

Yo cada día sigo levantándome, y al pie de la cama cojo una buena bocanada de aire, al menos para recordarme que sigo respirando y tengo que seguir adelante, pero ya hace tiempo que decidí que tengo que permitirme el estar triste, porque es humano, y las personas lloran, se agobian y sufren.

Aunque tú no lo sepas

“Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte”.

Luis García Montero

La vida es caprichosa, nosotros intentamos constantemente redirigirla y luego viene ella y hace lo que quiere con nuestros sueños y nuestros deseos. Por eso es tan importante ser conscientes de la importancia del hoy, aunque no dejemos de mirar de reojo el mañana.

Los versos de Luis Garcia Montero los descubrí de casualidad viendo una película en la Mostra de Valencia, cuando apenas empezaba en esto del periodismo y creía que algún dia podria ser Ana García Siñeriz y retransmitir la ceremonia de los Oscar para España, ya ves… Ni tan lejos.

La película, se llama “Aunque tú no lo sepas” y es una pequeña joya a descubrir con unos consolidadas Silvia Munt y Gary Piquer, y unos jovencisimos Cristina Brondo y Andrés Gertrudix (otro maravilloso actor desperdiciado).

En fin que me desvío… Los versos van dirigidos a la persona amada, esa que muchas veces te sufre en silencio, que te apoya, pero que siempre está ahí. Y con esto no quiero trasladar una imagen onírica del amor, porque el amor se enfada, discute, protesta y se enfurruña, pero también consuela, comprende, y tiende un abrazo cálido cuando es necesario.

El amor no es el apasionamiento frágil, febril y emocionante de los primeros años, de cuando apenas has vivido unas décadas y te bebes la vida y te comes el mundo. Es aquel que da sin preguntar y que siempre está, aquel que sigue ahí aunque tú no lo sepas.

Y es así, con altibajos con momentos mejores y momentos peores, pero en cualquier caso, el amor no duele. No duele ni en el cuerpo ni en la mente, el amor no deja heridas en el alma ni marcas en la piel. Y si las deja, eso no es amor, es sometimiento, es violencia, es subyugación, es cosificación.

Es importante decirlo una y mil veces, porque parece que aunque pasen generaciones el mensaje no cala y cada año seguimos viendo como la cifras de mujeres y niños asesinados crece (sí mujeres porque aunque algún caso de hombres hay, no es la cifra mayoritaria). No hay mayor acto de cobardía.

De hecho, tengo la sensación que aún estamos en peor situación que en mi generación, como si se hubiera dado un salto desde la época de mis padres, machista por costumbre anclada socialmente, a la actual. A mi alrededor escucho conversaciones de jóvenes que me preocupan, que me hielan la sangre. Conversaciones oídas en la calle, en el metro, cazadas al vuelo y me preocupa. Sí se que lo he dicho, pero es que necesitamos repetirlo muchas veces.

Yo tengo dos hijos un chico y una chica, y les educo en la tolerancia y el respeto, y me consta que el colegio también lo hacen, y se nutren de la observancia de modelos de conductas que lo avalan, pero no todos los niños son educados en el respeto, y no, no penséis ni por un segundo en clases desfavorecidas porque esto afecta hasta a las familias más pudientes.

El maltrato es algo muy serio, no es un hecho baladí y sigue demasiado presente en nuestra sociedad. Seguro que tú lo has visto y no lo has querido reconocer.

Yo siendo niña lo vi en una amiga, no sabía lo que era pero era consciente de que eso, no era normal, porque en mis parámetros no cabía, y en mi casa no existía, pero tenía la certeza de que algo pasaba, todo eso pese a que mi amiga se cerraba en banda. En aquel momento, sólo se me ocurrió brindarle mi apoyo constante y estar presente siempre y cuando ella lo necesitara. Con el tiempo y con la edad, ella misma fue capaz de romper esos lazos y ahora es una mujer feliz.

Cada vez que se apaga una vida a manos de un familiar, se hace patente nuestro fracaso como sociedad y se evidencia que aún queda mucho por hacer.

Somos esclavos de nuestra comodidad, de la fácil actitud de mirar hacia otro lado, de eso les pasa a otros no en mi entorno… Pero no es cierto, haz el ejercicio de repasar mentalmente, estoy segura que está más presente de lo que crees y ya lo has visto con anterioridad.

Empecemos por tener una actitud crítica. Ese es el primer paso. Sigamos preocupándonos educar a nuestros hijos, ese es el segundo, y tercero, impliquémonos y apoyemos a quien lo necesita, y quizá así , paso a paso, un día logremos arrancar del calendario el 25 N como recordatorio de la lucha contra la violencia de género.

Ya lo dice Eduardo Galeano “Gente Pequeña, el lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

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Y os dejo un bonus track: Una de mis canciones favoritas que también da titulo a la pelicula que os contaba: “Aunque tú no lo sepas” de Enrique Urquijo.

Meat Market, el restaurante que nos educó sobre las carnes madurada

Meat Market abrió sus puertas hace más de cinco años y desde el primer momento se convirtió en un referente de las brasas y las carnes maduradas. De hecho, contribuyó mucho a que el comensal valenciano se sumergiera en los tiempos de maduración, en los tiempos, las técnicas y sobre todo, aprendiera a exigir una calidad que hasta ese momento estaba reservada a muy pocos locales.

Y todo ello lo hizo poniendo en valor al mismo tiempo la magnifica huerta valenciana y el tradicional puchero.

Ahora, en un momento complicado, se afana en seguir mirando hacia el futuro y hace bien. Cristina de Salazar imagen visible de este restaurante, es más que la gerente, es el alma de un establecimiento único en nuestra ciudad.

Ahora Cristina y todo su equipo, han puesto la creatividad al servicio del cliente y además de una explendida carta, apuestan por eventos singulares.

El último fue a finales de octubre e incidía en la tradicón del Oktoberfest, y con esta tradición jugaba el título: “Meet Oktober” para unir dos tradiciones culinarias, la española a base de brasa y la alemana, eso sí, pasándolas en todo momento por el tamiz de Meat Market.

El primer plato consistió en una bratwurst weiBer con ensalada Weinsauerkohl maridada con una cerveza Münich Plis Bier Franziskaner, que trasladaba automáticamente a la plaza Römerberg.

No podia faltar una carne madurada y la elección fue todo un acierto, un fricadele de vaca vieja acompañada de un vino blanco de Rheimhessen (Riesling Scheurebe), que precedína a una interpretación del Schnitzel Wiener Art de Frisona alemana gourmet, con una ensalada de patata o lo que es lo mismo kartoffen- Gurken-salad, que se disfrutaba con un tinto de Württemberg (Trollinger & Lemberger).

El punto dulce lo puso una berlinesa de crema, para que nos despidieramos de este viaje culinario por el país germano con una sonrisa en los labios, con mascarilla eso sí, pero estaba ahí lo prometo.

Y ya de paso un último mensaje, no dejéis de disfrutar de las buenas cosas que nos da la vida, y aunque sea complicado, actuemos con cabeza y no dejemos de apoyar a la hostelería.

Un buen comienzo…

Meat Market

Las carnes maduradas

Inmersión alemana

Fricadele

Schnitzel Wiener Art de Frisona

Kartoffen salad


Berlinesa

Riesling Scheurebe

Trollinger & Lemberger

Yo no lo olvido

Esta semana pasada entrevisté en mi programa de radio a Irene Villa, con todas las implicaciones que ello supone para las personas de mi generación que aún tenemos en la retina el atentado que ella y su madre sufrieron. Víctimas colaterales lo llaman.

En mi mente está fijado el día en que asesinaron a Gregorio Ordoñez y a Ernest Lluch, cuando liberaron a Ortega Lara y la farmacéutica de Olot (cuyo nombre no recuerdo, pero cuyo rostro jamás olvidaré).

Recuerdo que todos teníamos a alguien que estaba en el Corte Inglés de la calle Colón de Valencia cuando ETA puso una bomba.

Recuerdo el miedo y los falsos de avisos de bomba en el colegio, y los chistes crueles en los que no se herían sensibilidades con tanta facilidad, chistes que servían para exorcizar el temor que esas tres letras nos despertaban, y está grabado en mi retina esa imagen de encapuchados delante de un mapa del País Vasco con una calidad deficiente que infundían el más profundo desasosiego. Cuando estaba en el instituto ya tenía muy claro que implicaba la frase “impuesto revolucionario” para esta banda armada.

Pero si algo está grabado en mi memoria es cuando Miguel Angel Blanco apareció con un tiro en la cabeza, como estuvo todo el país en vilo esperando, deseando, rezando, implorando que apareciera vivo… Pero no, no hubo piedad para él como no lo había habido para cientos de víctimas del terrorismo.

Ese día estabamos celebrando mi cumpleaños que habia sido hacia unos dias, toda mi familia estaba en casa pero todos estabamos pendientes de la televisión.

No recuerdo que nada nos haya sacudido con tanta fuerza.

El silencio reinó, y afloró el llanto, recuerdo los lloros de todo un país, y aún ahora que lo escribo se me empañan los ojos. Ese día murió un poco de todos nosotros, pero también nació la fuerza para decir ¡Basta ya! y surgieron las manos blancas que se unieron para decir que ya no ibamos a tener miedo y que no podrían con nosotros y así fue, poco a poco, ETA fue perdiendo fuerza y con el paso de los años se desintegró, pero también lo hizo porque los partidos políticos se unieron en un tema que era primordial para el país y dio igual si eran de izquierda o derecha, porque lo que importaba eran los ciudadanos.

Ahora que en muchos foros se les presenta como “santos” y se habla de ellos como presos políticos, juro que me hierve la sangre. Lo digo así, sin tapujos, y me indigno por lo rápido que olvidamos la historia, por la simplicidad desde la que se contempla en muchas ocasiones. Aquí os dejo el listado que ofrece la wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Asesinatos_cometidos_por_ETA_desde_la_muerte_de_Francisco_Franco

El otro día hablaba con una persona de 27 años que no sabía quien era Irene Villa, ni Miguel Angel Blanco, ni Ortega Lara… Y eso me hace entenderlo todo, porque últimamente se practica con demasiada ligereza el olvido.

El otro día le pregunté a Irene Villa si había conseguido perdonarlos. Me dijo que sí porque si no, no hubiera podido seguir adelante, pero olvidarlo nunca.

Yo no sé si hubiera sido capaz de perdonar, pero desde luego lo que no hago es no olvidarlo.

Entrevista a Irene Villa en Play Radio Valencia: https://www.ivoox.com/ligero-equipaje-entrevista-a-irene-villa-audios-mp3_rf_60042971_1.html

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