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El Diorama

Porque la realidad no es plana, es necesario observarla con mirada crítica

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Cajón desastre

Permítete estar triste

Cuando crees que el vaso está a punto de desbordarse, aún caben unas gotas más, y casi sin darte cuenta, tomas aire, despejas la mente y tomas un sorbo grande para seguir llenándolo.

En estos momentos complejos de confinamientos, teletrabajo, temores, incertidumbres y mascarillas de colores parece que cada día empieza con un sentimiento de ahogo que no desaparece.

Desde hace meses el desánimo planea sobre nuestras cabezas, y mientras lo hace tratamos de levantar el mentón para coger pequeñas bocanadas de aire y seguir, pero es tan complicado…

Nos afanamos en luchar contra viento y marea por vivir en normalidad, pero cuesta. Y somos conscientes de que entre todos podemos lograrlo, pero cuesta.

Y queremos estar al 100% en nuestro trabajo pero cuando hay bajas cuesta, y queremos estar al 100% en nuestra casa, con nuestros hijos, con nuestra familia… Pero son tantos los frentes abiertos, que cuesta.

Y no queremos estar tristes ni agobiados, pero cuesta, y cada día tenemos que coger impulso y recordarlo, pero cuesta.

Hace tanto tiempo que esta situación es la habitual (me niego a llamarlo nueva normalidad, porque de normal no tiene nada) que ya la tenemos interiorizada y queremos mostrar una fachada de fortaleza que está llena de grietas tapadas por tiritas.

Yo cada día sigo levantándome, y al pie de la cama cojo una buena bocanada de aire, al menos para recordarme que sigo respirando y tengo que seguir adelante, pero ya hace tiempo que decidí que tengo que permitirme el estar triste, porque es humano, y las personas lloran, se agobian y sufren.

Aunque tú no lo sepas

“Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte”.

Luis García Montero

La vida es caprichosa, nosotros intentamos constantemente redirigirla y luego viene ella y hace lo que quiere con nuestros sueños y nuestros deseos. Por eso es tan importante ser conscientes de la importancia del hoy, aunque no dejemos de mirar de reojo el mañana.

Los versos de Luis Garcia Montero los descubrí de casualidad viendo una película en la Mostra de Valencia, cuando apenas empezaba en esto del periodismo y creía que algún dia podria ser Ana García Siñeriz y retransmitir la ceremonia de los Oscar para España, ya ves… Ni tan lejos.

La película, se llama “Aunque tú no lo sepas” y es una pequeña joya a descubrir con unos consolidadas Silvia Munt y Gary Piquer, y unos jovencisimos Cristina Brondo y Andrés Gertrudix (otro maravilloso actor desperdiciado).

En fin que me desvío… Los versos van dirigidos a la persona amada, esa que muchas veces te sufre en silencio, que te apoya, pero que siempre está ahí. Y con esto no quiero trasladar una imagen onírica del amor, porque el amor se enfada, discute, protesta y se enfurruña, pero también consuela, comprende, y tiende un abrazo cálido cuando es necesario.

El amor no es el apasionamiento frágil, febril y emocionante de los primeros años, de cuando apenas has vivido unas décadas y te bebes la vida y te comes el mundo. Es aquel que da sin preguntar y que siempre está, aquel que sigue ahí aunque tú no lo sepas.

Y es así, con altibajos con momentos mejores y momentos peores, pero en cualquier caso, el amor no duele. No duele ni en el cuerpo ni en la mente, el amor no deja heridas en el alma ni marcas en la piel. Y si las deja, eso no es amor, es sometimiento, es violencia, es subyugación, es cosificación.

Es importante decirlo una y mil veces, porque parece que aunque pasen generaciones el mensaje no cala y cada año seguimos viendo como la cifras de mujeres y niños asesinados crece (sí mujeres porque aunque algún caso de hombres hay, no es la cifra mayoritaria). No hay mayor acto de cobardía.

De hecho, tengo la sensación que aún estamos en peor situación que en mi generación, como si se hubiera dado un salto desde la época de mis padres, machista por costumbre anclada socialmente, a la actual. A mi alrededor escucho conversaciones de jóvenes que me preocupan, que me hielan la sangre. Conversaciones oídas en la calle, en el metro, cazadas al vuelo y me preocupa. Sí se que lo he dicho, pero es que necesitamos repetirlo muchas veces.

Yo tengo dos hijos un chico y una chica, y les educo en la tolerancia y el respeto, y me consta que el colegio también lo hacen, y se nutren de la observancia de modelos de conductas que lo avalan, pero no todos los niños son educados en el respeto, y no, no penséis ni por un segundo en clases desfavorecidas porque esto afecta hasta a las familias más pudientes.

El maltrato es algo muy serio, no es un hecho baladí y sigue demasiado presente en nuestra sociedad. Seguro que tú lo has visto y no lo has querido reconocer.

Yo siendo niña lo vi en una amiga, no sabía lo que era pero era consciente de que eso, no era normal, porque en mis parámetros no cabía, y en mi casa no existía, pero tenía la certeza de que algo pasaba, todo eso pese a que mi amiga se cerraba en banda. En aquel momento, sólo se me ocurrió brindarle mi apoyo constante y estar presente siempre y cuando ella lo necesitara. Con el tiempo y con la edad, ella misma fue capaz de romper esos lazos y ahora es una mujer feliz.

Cada vez que se apaga una vida a manos de un familiar, se hace patente nuestro fracaso como sociedad y se evidencia que aún queda mucho por hacer.

Somos esclavos de nuestra comodidad, de la fácil actitud de mirar hacia otro lado, de eso les pasa a otros no en mi entorno… Pero no es cierto, haz el ejercicio de repasar mentalmente, estoy segura que está más presente de lo que crees y ya lo has visto con anterioridad.

Empecemos por tener una actitud crítica. Ese es el primer paso. Sigamos preocupándonos educar a nuestros hijos, ese es el segundo, y tercero, impliquémonos y apoyemos a quien lo necesita, y quizá así , paso a paso, un día logremos arrancar del calendario el 25 N como recordatorio de la lucha contra la violencia de género.

Ya lo dice Eduardo Galeano “Gente Pequeña, el lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

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Y os dejo un bonus track: Una de mis canciones favoritas que también da titulo a la pelicula que os contaba: “Aunque tú no lo sepas” de Enrique Urquijo.

La paseadora

Soy una ilusa, de verdad, pero de las grandes. De esas que se creen que el tiempo es infinito y que puede llegar a todo…Y todo porque a veces lo consigo y es entonces cuando me vengo arriba.

Pero eso propició por ejemplo que durante la carrera me convirtiera en una gran paseadora de apuntes, porque tenia el firme convencimiento de que podía arañar minutos a instantes y repasar la última lección, pero luego o el tiempo se me comía o simplemente me perdía entre las calles y las luces que me mostraban las ventanas del tranvía.

Y ahora soy una paseadora de portátil, que menos mal que los de ahora no pesan tanto como los primeros, pero la verdad entre mi móvil, el del trabajo, el bolso, el ordenador, la comida, la merienda de los niños (porque sí aún voy todos los días a por mis hijos al cole aunque después tenga que volver a trabajar), la bolsa del gimnasio y alguna que otra carpeta, hay días que bajo al garaje como si fuera a cambiarme de continente, pero oye, que no aprendo, que soy masoca y tengo el firme convencimiento de que bajo mi fachada de superwoman (porque en toda mujer hay una) hay una paseadora.

Hay gente que pasea a sus mascotas y yo mis trastos. Eso es un hecho, y dicen que el primer paso para cambiarlo es reconocerlo. El problema, y la realidad, es que esto no va a cambiar, porque sigo estirando el día y robando minutos a las horas, como hoy que he comido en el coche entre dos reuniones porque además tenia que llegar al cole a por los niños.

Que yo soy de esas que igual se gasta un pastizal en un estrella Michelín que se compra un sandwich y una Coca-cola en la zona de comidas preparadas del Mercadona, pero claro eso no lo saco en el instagram. No obstante, como de lo que se trata es de ser sinceros, he de reconocer que yo soy de esas. La primera de las opciones, es para disfrutar de la experiencia mágica que envuelve el ir a un restaurante, la segunda es por puro instinto de supervivencia: Hay que comer, y el que no come muere. Un principio irrefutable.

El tema es que a veces saco el ordenador en una cafetería entre una y otra reunión y el trabajo me cunde o incluso me surgen las ideas de una manera ágil, creativa y productiva, y claro, ya he vuelto a caer en la ilusión.

Pero romances y rollos a parte, es que sigo siendo una ilusa y continúo pensando que llego a todo, porque ¡Oye ! ¡Es que a veces lo consigo! Y eso hace que me lo crea.

Mientras tanto, seguiré siendo una paseadora.

Yo también lloro en la ducha

Desde hace meses vivimos un momento extraño, raro, lleno de incertidumbre y miedo, sí digo miedo porque el temor a lo desconocido es inherente al ser humano.

Es un sentimiento que no desaparece, sólo se transforma y pasa de ser el monstruo que asoma por debajo de la cama, al temor a suspender, a perder el trabajo… Al mañana.

El Covid lo ha hecho de nuevo palpable y lo paladeamos sin remedio cada día al levantarnos y pese a este golpe de realidad, yo personalmente aún tengo la sensación de irrealidad. Una sensación de estar sumergida en uno de esos telefilmes de mediodía y espero que empiece la pausa de publicidad para ser conscientes de un “Reality bites” como rezaba la película del 94.

Con la edad que tengo actualmente, que ya supera cuatro décadas, aún experimento una sensación de vértigo que no desaparece, se olvida, se despista, pero vuelve.

Creo que nada nos prepara para la situación que estamos viviendo y sí, debemos permitirnos tener miedo y llorar si hace falta. Desahogarnos y sacar todo lo que nos atenaza la garganta y nos asfixia el corazón.

Llorar a pleno pulmón.

Sí porque llorar a pleno pulmón está infravalorado y os lo dice una persona que sólo lo ha hecho en contadas ocasiones.

La primera vez… No recuerdo el motivo pero sí sé que era adolescente y que estaba en el suelo de mi habitación. Seguramente no lo recuerdo porque todo el dolor se fue con las lágrimas… Y lo hice porque estaba sola y nadie podía oírme.

Otras veces… Reconozco que lo he hecho en la ducha, porque aún me autocensuro. No quiero que mi dolor traspase a otros, no quiero que lo perciban, quiero ser capaz de superarlo y seguir adelante. La última vez que lo hice fue durante el confinamiento, y sí, sentí miedo.

Actualmente soy positiva y trato de volver a una relativa normalidad. Con cabeza, pero normalidad al fin y al cabo, y me repito como un mantra: “Todo esto pasará, ya queda menos”.

Y me lo creo a medias, francamente, pero no puedo permitirme y no quiere permitirme dejarme vencer por el desánimo al menos por los que me rodean y me quieren, por los sanitarios, limpiadores, fuerzas de seguridad… Que siguen dejándose la piel para luchando por esta pandemia, pero sobretodo, no puedo dejarme vencer por mí misma, porque se convivir con mi miedo y acariciarle el lomo para que se quede dormido.

No hemos aprendido nada

Me indignan en sobremanera las actitudes humanas. No hemos aprendido nada… Pero tampoco puedo decir que me sorprenda.

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El silencio

El silencio está infravalorado. Esa sensación de poder oír tus pensamientos, de tener un espacio para ti, para abrir poco a poco los recodos de tu mente, ese privilegio de disfrutar de tu mutua compañía.

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Mirar a ambos lados

Podría empezar diciendo, que me parece injusto que en la Comunidad Valenciana no salgamos de la fase 0, podría decir que estoy cansada de seguir en esta situación, pero no lo haré. No voy ahondar más en ese tema.

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Tras el cristal

Nos hemos vuelto una sociedad tras el cristal, el de las ventanas de las viviendas, las mamparas de los comercios… Pero ya antes vivíamos así desde el punto de vista metafórico.

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Lobos con piel de cordero

La situación que estamos viviendo actualmente está sacando lo mejor y lo peor de las personas. Esta mostrando que en nuestra sociedad hay lobos con piel de cordero, egoístas, ignorantes y sobre todo mezquinos.

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