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El Diorama

Porque la realidad no es plana, es necesario observarla con mirada crítica

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covid

Querido 2020:

Quisiera decirte que no te echaré de menos, que te borrarré de mi memoria para siempre y que en mi mente serás un vago recuerdo… Pero aunque en realidad quisiera decirte esto, no es cierto , al menos no del todo.

Me has quitado muchas cosas, muchas… a algunas personas incluso más que a mi, me has obligado a frenar, a mirar a mi alrededor y dentro de mi misma; me has vuelto irritable, llorona e irascible en muchos momentos, pero también me has obligado a echar de menos, a decir más te quiero y sobre todo a establecer prioridades. No me has cambiado a mí, eso no, me ha costado 43 años llegar hasta aquí, soy quien soy y lo tengo claro hace mucho tiempo, pero sin duda me has puesto a prueba y aún lo haces, porque quieres seguir dando coletazos a los días que te quedan.

Me has hecho retomar este blog que tenía olvidado, y desbrozar rutas que tenía llenas de maleza y troncos secos o lo que es lo mismo: abrir caminos, mirar de frente al miedo y sobre todo, volver a vivir el momento como cuando era niña, donde lo que de verdad importaba era el presente.

Y sí, no por eso te perdono que me hayas quitado cosas que daba por hecho, que me hayas privado a mi y a los míos de momentos, de recuerdos… Aunque al mismo tiempo, pienso que ya estamos construyendo otros. No te perdono el sentir que soy juzgada, el ahogo de no ser libre, aunque por eso valoro por primera vez la importancia y el privilegio del libre albedrío.

Llegaste tranquilo, sin aspavientos como otros años, pero tú querías destacar y ¡Vaya si lo has hecho! A principio de año nos distes algunas pistas, terremotos, incendios en Australia… Nos lo estabas anunciando, pero como pasaba lejos nosotros no te hicimos caso. Esto es lo del cuento de “Pedro y el Lobo” de Prokófiev.

No todo en 2020 ha sido malo, hicimos un viaje en familia a Granada (antes de que esto sucediera) que aún guardamos en nuestra retina y que es como una promesa de que todo volverá a ser como antes y podremos volver, mi marido inició un proyecto ilusionante, recibí un premio a mi trayectoria periodística, volvieron viejos amigos a mi vida, mis hijos se enfrentaron a nuevos retos, fui tía y empecé a llevar una vida sana.

Todo el mundo dice que nos has ayudado a conocernos, yo no creo que sea verdad, yo hace tiempo que me conozco, lo que ocurre es que con demasiada frecuencia no dedicaba el tiempo suficiente a escucharme. Me silenciaba el ruido de las prisas, de la rutina, del estrés…Y a partir de ahora, voy a trabajar para que eso no vuelva a suceder. Esa es mi principal tarea de cara al año que está a punto de empezar.

Lo he dicho al principio, este año me has puesto a prueba en muchas ocasiones, y soy consciente que en más de una, he sido irritante e irascible, que han pagado justos por pecadores y que se han llevado una razón de genio que no siempre les tocaba.

No soy de las que piensan que la gente es malvada o malintencionada. No al menos de entrada; siempre concedo el beneficio de la duda y no creo, a priori que las cosas se hagan con un intención oculta y aunque, en un momento dado, por mi boca salgan sapos y culebras, lo cierto es que luego siempre me arrepiento… Bueno casi siempre, que gente con oscuras intenciones siempre ha existido y existirá. Lo que quiero decir, es que lo siento.

Dicen que los días previos al año nuevo hay que hacer balance y este en cierto modo, es el mío. ¿Qué espero del nuevo año? Seria fácil decir que quiero que todo vuelva a la normalidad, pero quiero mucho más. Aún sueño con el viaje que íbamos a hacer en familia y que se ha quedado sólo en un sueño, quiero volver al pueblo cuando quiera sin tener que estar pendiente de las restricciones, quiero dejar de oír las palabras, ERTE, COVID, confinamiento, gel hidroalcoholico, mascarilla (si no es la de la cosmética) muerte y miedo

Quiero reír a pleno pulmón sin que mi risa la ahogue una mascarilla, quiero dar besos y abrazos a mi familia, quiero dejar de ver el miedo reflejado en los ojos y el timbre de la voz al otro lado del teléfono y quiero sobre todo, ser feliz plenamente sin preocuparme cuánto me durará.

Quiero recuperar mi vida, porque quiero que sepas 2020, que te tengo respeto, pero que ni tú ni el covid me han quitado las ganas de vivir, de brindar y de bailar.

No me resigno

Soy una loca de las Navidades, es mi época del año favorita. Lo eran cuando tenía 5 años y lo siguen siendo ahora que tengo 43, en parte es porque mis padres la viven igual. Con la llegada del puente de diciembre sacan numerosas cajas del trastero y la Navidad lo inunda todo, cada rincón de la casa.

Durante los años que viví fuera con compañeras/os de casa, yo llevaba la Navidad a nuestro piso de alquiler porque ¿Ya he dicho que me encanta? Virginia aún me recuerda cuando en lugar de poner un abeto de plástico pusimos uno de verdad y el día que hubo que quitarlo fui dejando un rastro de pinocha tras de mi, por la escalera, el ascensor, el patio… ¡Qué desastre!

Al tener mi casa, el espíritu navideño fue in crecendo y así ha sido desde entonces, todos los años caen adornos nuevos y este año no ha sido menos, pese al confinamiento obligado en el que nos encontramos, internet ofrece grandes tentaciones y ya me anuncia el mail que mis caprichos en forma de tres cojines de sofá llegan el miercoles.

La navidad es mágica, lo es porque nos volvemos a sentir niños, porque la felicidad lo inunda todo, porque las luces de colores hacen que se te ilumine el corazón y los villancicos (reconozco que soy más de los americanos) hacen que se te dibuje una sonrisa.

Me encanta esta época también porque nos juntamos con toda la familia y reímos y nos abrazamos y nos recordamos que pese al estress de la vida, estamos ahí. Hasta el punto de que a excepción de nochevieja, en Navidad nunca salía por la noche prefería estar con mi abuela contándome viejas anécdotas, cantando y compartiendo recuerdos de esos que nunca se olvidan.

En noviembre cuando el tema de las restricciones no estaba claro, sentía que en estos tiempos inciertos necesitaba la Navidad, para recargar energías y seguir adelante, aunque fueran de una manera extraña, distante y diferente. De verdad, creía que si no podía tener un atisbo de normalidad, no podría seguir adelante.

Pero cuando crees que ya está todo claro, viene la realidad y te golpea en toda la cara. Ahora, que llevamos casi un mes confinados por Covid, que incluso uno de nosotros ha estado hospitalizado, que hemos visto lo irracional de este virus (no es que antes no lo viéramos, pero siempre erramos en la envergadura de las cosas) y que ya estamos a las puertas del alta, ahora el pasar la Navidad en familia ya no me parece tan importante. Que la echo de menos desde luego, y que quiero y necesito que en un futuro lejano vuelva a ser lo que fue desde luego.

Pronto seré tía, esperamos al nuevo miembro de la familia para una fecha tan señalada como el 25 de diciembre, y es probable que tardemos en conocerlo. Estas son las cosas que ha traído la Pandemia, y aunque nos resulten agotadoras, demoledoras y en algunos casos irremediablemente irritantes, lo mejor que podemos hacer es asumirlo.

Si miro hacia atrás, lo cierto es que mi Navidad ha evolucionado con los años y ha cambiado de una manera apenas imperceptible, por eso este año es importantísimo que más que nunca esté presente ese espíritu tan manido y unido a la Navidad: La generosidad. No debemos de ser egoístas, sino responsables y creativos, plantear planes alternativos como un maratón de películas navideñas en torno a una taza de chocolate con nubes, disfrazarnos en nochevieja, hacer manualidades, leer, escribir… Y sí, pasear y emocionarnos con las luces.

Creo que estas navidades lo más importante para todos es cuidarnos y cuidar a los demás. Este año, yo ya he escrito mi carta a los Reyes Magos. Hace años que no la escribo: Sólo pido dos cosas, que las navidades tal y como las conocemos vuelvan en un futuro cercano, y que no nos falte nadie.

No me resigno a pensar que esto es un para siempre, es sólo un paréntesis que nos hará afrontar las próximas navidades aún con más ganas, por eso, os mando un cálido abrazo en forma de canción: https://youtu.be/QJ5DOWPGxwg

Feliz Navidad

Somos frágiles

Somos frágiles, pero eso no es malo. Es inherente al ser humano. Aunque mostremos una coraza impenetrable no somos replicantes. En nuestro fuero interno sufrimos, padecemos, nos alegramos, reimos y nos emocionamos.

También somos complejos porque sólo hay una parte de nosotros que se muestra, una parte pública, presente y exhibicionista que trata de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, aunque nuestras emociones nos traicionen en más de una ocasión.

Pero existe otra, la privada, aquella que guardamos con mil cerrojos y donde guardamos nuestros miedos y anhelos más profundos, nuestras vergüenzas y aquellas manías que refrenamos, porque somos conscientes de que mostrarlas abiertamente nos haría mostrarnos como bichos raros frente al resto. Aquí va una manía que no había confesado nunca… Cuando estoy estresada o impaciente, cuento mentalmente cosas, rallas en una fachada, baldosas en el suelo, libros en el estante. Es un absurdo, pero me relaja.

Y en esa zona de nuestro yo también esta esa parte que nosotros mismos desconocemos y que de pronto brota, sorprendiéndonos a nosotros mismos. Nunca dejamos de crecer, aprender y superarnos, y si no lo hacemos es que ya estamos perdidos y difícilmente reconduciremos nuestros pasos.

Con frecuencia, quienes me rodean, dicen de mí que soy una persona fuerte, y confieso que no siempre me siento así, pero que saco fuerzas de donde no las hay y sigo para adelante.

He pasado unos días raros recientemente, aún estoy sumida en estas situaciones en las que la Pandemia nos coloca y para las que nadie está preparado. En estos tiempos inciertos, una persona me dijo no debía guardarme para mí, los temores y las tristezas en mi afán de proteger a mis hijos de la vida, porque precisamente verme así es lo que les haría personas fuertes y capaces de hacer frente a lo que es el devenir de los días, esos en los que por mucho que lo intentes, no puedes domar el viento.

He pensado mucho en eso, y es cierto, que cuando me he mostrado tal cual, sin dobleces ellos han visto mi alma, y ya no he tenido sólo el consuelo de su abrazo silencioso, sino su mano tendida para ayudarme a seguir andando el camino.

Con demasiada frecuencia ocultamos nuestras emociones y construimos una coraza para que ni entre ni salga un resquicio de nuestros temores, de nuestro sufrimiento… Pero eso lo que hace es que explotemos por dentro y que la lava de nuestra alma nos consuma lenta y pesadamente.

Soy de esas personas, que con frecuencia parecen externalizarlo todo, que se me ve un cabreo reflejado en la cara, o la alegría más exultante, pero no es cierto, esa es sólo un parte de mi yo público, de aquel que muestro cuando ya no soy capaz de contenerlo, pero no os equivoquéis, hay mucho, mucho más.

Vuelvo a decirlo, el ser humano es frágil física y emocionalmente, y si lo sobrecargamos, acaba rompiéndose, por eso lo importante es que seamos conscientes de lo que importa, de las prioridades y sobre todo, de que no podemos hacerlo solos.

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