Somos frágiles, pero eso no es malo. Es inherente al ser humano. Aunque mostremos una coraza impenetrable no somos replicantes. En nuestro fuero interno sufrimos, padecemos, nos alegramos, reimos y nos emocionamos.

También somos complejos porque sólo hay una parte de nosotros que se muestra, una parte pública, presente y exhibicionista que trata de mostrar la mejor versión de nosotros mismos, aunque nuestras emociones nos traicionen en más de una ocasión.

Pero existe otra, la privada, aquella que guardamos con mil cerrojos y donde guardamos nuestros miedos y anhelos más profundos, nuestras vergüenzas y aquellas manías que refrenamos, porque somos conscientes de que mostrarlas abiertamente nos haría mostrarnos como bichos raros frente al resto. Aquí va una manía que no había confesado nunca… Cuando estoy estresada o impaciente, cuento mentalmente cosas, rallas en una fachada, baldosas en el suelo, libros en el estante. Es un absurdo, pero me relaja.

Y en esa zona de nuestro yo también esta esa parte que nosotros mismos desconocemos y que de pronto brota, sorprendiéndonos a nosotros mismos. Nunca dejamos de crecer, aprender y superarnos, y si no lo hacemos es que ya estamos perdidos y difícilmente reconduciremos nuestros pasos.

Con frecuencia, quienes me rodean, dicen de mí que soy una persona fuerte, y confieso que no siempre me siento así, pero que saco fuerzas de donde no las hay y sigo para adelante.

He pasado unos días raros recientemente, aún estoy sumida en estas situaciones en las que la Pandemia nos coloca y para las que nadie está preparado. En estos tiempos inciertos, una persona me dijo no debía guardarme para mí, los temores y las tristezas en mi afán de proteger a mis hijos de la vida, porque precisamente verme así es lo que les haría personas fuertes y capaces de hacer frente a lo que es el devenir de los días, esos en los que por mucho que lo intentes, no puedes domar el viento.

He pensado mucho en eso, y es cierto, que cuando me he mostrado tal cual, sin dobleces ellos han visto mi alma, y ya no he tenido sólo el consuelo de su abrazo silencioso, sino su mano tendida para ayudarme a seguir andando el camino.

Con demasiada frecuencia ocultamos nuestras emociones y construimos una coraza para que ni entre ni salga un resquicio de nuestros temores, de nuestro sufrimiento… Pero eso lo que hace es que explotemos por dentro y que la lava de nuestra alma nos consuma lenta y pesadamente.

Soy de esas personas, que con frecuencia parecen externalizarlo todo, que se me ve un cabreo reflejado en la cara, o la alegría más exultante, pero no es cierto, esa es sólo un parte de mi yo público, de aquel que muestro cuando ya no soy capaz de contenerlo, pero no os equivoquéis, hay mucho, mucho más.

Vuelvo a decirlo, el ser humano es frágil física y emocionalmente, y si lo sobrecargamos, acaba rompiéndose, por eso lo importante es que seamos conscientes de lo que importa, de las prioridades y sobre todo, de que no podemos hacerlo solos.